quarta-feira, 12 de fevereiro de 2025

Ponte Azucena Villaflor, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina

 













Ponte Azucena Villaflor, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires - Argentina
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Texto 1:
Azucena Villaflor de De Vincenti nació en 1924 en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires. En 1940 entró a trabajar a SIAM donde conoció a Pedro De Vincenti, su marido, que además de obrero de la fábrica, era delegado sindical. Juntos, tuvieron 4 hijos.
El 30 de noviembre de 1976, un grupo de tareas, secuestró a su segundo hijo, Néstor De Vincenti y a su nuera Raquel Manguin. Hasta el día de hoy, sólo se sabe que los llevaron de su domilicio en Villa Domínico con vida, pero nadie los volvió a ver.
Hija de un panadero anarquista, obrera y compañera de un referente sindical, si bien Azucena nunca militó en ninguna organización política, no era indiferente a los debates políticos y del movimiento obrero. Muchas veces, medió en las discusiones en torno a la militancia entre su hijo Néstor y su marido Pedro. Cuando secuestraron a Néstor y Raquel, Azucena empezó, en soledad, y sin descanso a recorrer hospitales, comisarías y cuarteles. Así conoció a otras mujeres en la misma situación, y las convenció de que, debían hacer público lo que estaban atravesando.
El 30 de abril de 1977, un grupo de mujeres se reunieron en Plaza de Mayo y nacía así la ronda de las madres: Azucena Villaflor de De Vincenti, Josefa de Noia, Raquel de Caimi, Beatriz de Neuhaus, Delicia de González, Raquel Arcusín, Haydee de García Buela, Mirta de Varavalle, Berta de Brawerman, María Adela Gard de Antokoletz, Cándida Felicia Gard, María Mercedes Gard y Julia Gard de Piva, fueron quienes sentaron precedente. En ese momento, estaba prohibido manifestarse, sin embargo, ellas desafiaron esa orden y comenzaron a caminar, tomadas de los brazos, alrededor de la pirámide de la Plaza ante la orden de "Circulen" de la Policía Federal.
La personalidad, experiencia y conclusiones la llevaron a destacarse rápidamente como una de las principales organizadoras de Madres de Plaza de Mayo. Debían buscar respuestas de manera independiente y debían hacerlo colectivamente: "individualmente no vamos a conseguir nada", dijo.
El 8 de diciembre de 1977, madres y familiares juntaron firmas y fondos en la Iglesia Santa Cruz para publicar una solicitada –que se publicó dos días después- cuando irrumpió un grupo de la marina y secuestró a 12 personas, entre ellas a Azucena. El operativo fue iniciado con la infiltración del ex Capitán Alfredo Astiz y con el cura Emilio Braseli que brindaba información de los familiares a los militares. Todas las personas secuestradas fueron llevadas a la ESMA donde fueron llamados como “el grupo de la Santa Cruz”. Dos días después, desapareció Azucena Villaflor.
Azucena fue trasladada en un avión de las fuerzas armadas y arrojada al Río de la Plata en los denominados “vuelos de la muerte”. Su cuerpo apareció el 20 de diciembre en la costa Bonaerense. La enterraron como “NN”. En 2005, fue identificada con el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense.
Sus compañeras la recuerdancomo una pionera. “Todos los desaparecidos son nuestros hijos”, les dijo una vez, para dar fuerza a la idea de las mujeres tenían que luchar juntas y organizarse. Una idea que sigue siendo clave aún hoy en la actualidad. Texto de La Izquierda Diario.
Texto 2:
”¡Basta, Azucena, si vos seguís buscándolo a Néstor yo me voy de casa!”, le dijo, casi le gritó con desesperación, Pedro De Vicenti a su mujer.
Era una noche de mediados de 1977 y Pedro había esperado ansioso su llegada, en medio de las penumbras, sentado en un sillón del living de la casa de Avellaneda. Parada en medio de la habitación, con la cartera todavía en la mano, Azucena Villaflor miró a su marido a los ojos y le respondió: “¿Querés que te prepare la valija?”
Unos meses antes, el 30 de noviembre de 1976, un grupo de tareas de la Dictadura había secuestrado a uno de los hijos de Azucena y Pedro, Néstor De Vicenti. Con él también se habían llevado a su novia, Raquel Mangin. Desde entonces, nada se sabía de ellos. Solo que se los habían llevado vivos.
Azucena había empezado la búsqueda de Néstor en soledad, recorriendo comisarías, cuarteles y reparticiones oficiales. Siempre le daban la misma respuesta: no sabemos nada. En ese peregrinaje había encontrado a otras mujeres que, como ella, querían saber dónde estaban sus hijos desaparecidos.
Decidieron organizarse y buscar juntas. Se citaron el 30 de abril de 1977 en la Plaza de Mayo para exigir que alguien las recibiera en la Casa Rosada.
Eran trece mujeres: Azucena Villaflor de De Vincenti, Josefa de Noia, Raquel de Caimi, Beatriz de Neuhaus, Delicia de González, Raquel Arcusín, Haydee de García Buela, Mirta de Varavalle, Berta de Brawerman, María Adela Gard de Antokoletz y sus tres hermanas, Cándida Felicia Gard, María Mercedes Gard y Julia Gard de Piva.
Cómo única respuesta, mientras esperaban infructuosamente en la plaza, se les acercó una patrulla policial y el oficial al mando les ordenó: “¡Circulen!”.
Obedecieron la orden, pero en lugar de irse empezaron a “circular” alrededor de la Pirámide de Mayo. Ese día habían nacido las Madres de Plaza de Mayo.
La noche que Pedro esperó a su mujer en medio de las penumbras y, desesperado, la amenazó con irse de la casa, la Madres de la Plaza ya eran muchas más y Azucena, su presidenta. Corría peligro, pero no estaba dispuesta a detenerse.
Pedro nunca se fue de la casa y cuando Azucena fue secuestrada, el 10 de diciembre de 1977, se sumó a las rondas de las Madres.
Una familia de luchadores:
Desde mucho antes, en Avellaneda el apellido Villaflor era sinónimo de luchas políticas y sindicales. Familia de obreros, su linaje podía rastrearse hasta Aníbal, uno de los tíos de Azucena, un anarquista luego devenido peronista.
“Aníbal se hizo anarquista desde muy chiquito. A los diez años ya trabajaba en una fábrica de vidrio y a los 14 se hizo aprendiz de panadero. En ese gremio se ‘enamoró’, como decía él, del anarquismo cuando los obreros se reunían en la sede a esperar que los llamaran para trabajar en algún lugar, porque ahí funcionaba una especie de fondo de trabajo que tenía el sindicato. Mientras esperaban y tomaban mate cocido con pan, los dirigentes armaban unas rondas, llamadas ‘rondas de controversias’ donde se discutía de política y de problemas teóricos. Allí Aníbal empezó su militancia”, cuenta el periodista y escritor Enrique Arrosagaray, autor de Los Villaflor de Avellaneda.
Florentino, uno de los hermanos de Aníbal y padre de Azucena, también había sido obrero desde muy chico. A principios de la década de ‘40 trabajaba en la empresa Lanera Argentina, un lavadero de lana que funcionaba en Rivadavia y Ecuador, en Avellaneda. Allí le consiguió trabajo a Aníbal.
“En la lanera, Aníbal se transformó rápidamente en dirigente, llegó a ser el delegado general de la fábrica y cómo tal participó en la movilización del 17 de octubre de 1945. Florentino lo acompañaba en su militancia, pero desde un lugar secundario hasta que poco después murió en un accidente de trabajo en la misma fábrica”, relata Arrosagaray.
Raimundo y Rolando Villaflor, hijos de Aníbal y primos de Azucena, fueron activos participantes de la Resistencia Peronista luego del golpe que derrocó a Juan Domingo Perón, en septiembre de 1955. Rodolfo Walsh contó sus historias en ¿Quién mató a Rosendo García?, la investigación que realizó cuando dirigía el periódico de la CGT de los Argentinos sobre el falso enfrentamiento a tiros en la confitería Real de Avellaneda, el 13 de mayo de 1966, del que participó Augusto Timoteo Vandor, y donde perdieron la vida García, que era uno de sus laderos, y dos sindicalistas combativos enfrentados al líder de la UOM, Domingo Blajaquis y Juan Zalazar.
Poco después, Raimundo se incorporó a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Fue secuestrado por la dictadura el 4 de agosto de 1979; un día antes, otro grupo de tareas había secuestrado a su hermana Josefina.
Azucena y la política:
Nacida el 7 de abril de 1924, Azucena también era peronista, como sus primos, pero a diferencia de ellos no participaba de manera activa, sino que simplemente simpatizaba con el movimiento.
“Nunca fue una militante orgánica. Hay quienes dicen que era militante de las Fuerzas Armadas Peronistas, como Raimundo, pero nada que ver eso, es un error”, explica Arrosagaray.
A los dieciséis años había empezado a trabajar como telefonista en la empresa de electrodomésticos Siam, donde conoció a Pedro De Vincenti, delegado sindical, con quien se casó en 1949 y tuvo cuatro hijos.
La militancia de uno de ellos, Néstor, fue motivo de desavenencias familiares desde principios de la década del ‘70. Pedro veía con malos ojos la participación de su hijo en la Juventud Peronista –y luego en Montoneros– lo que provocaba constantes choques. Azucena tampoco aprobaba lo que hacía Néstor, porque lo consideraba peligroso, pero trataba de interceder entre padre e hijo.
“Azucena era una especie de amortiguador entre Néstor y el padre. Pedro le decía a cada rato que no hiciera tonterías, que dejara de militar, que si no se daba cuenta cómo estaba la situación, que frenara. Néstor lo enfrentaba y ella se ponía entre los dos, pero también le decía a Néstor que parara un poco, que la situación estaba jorobada. En síntesis, no estaba de acuerdo con Montoneros ni con lo que hacía su hijo, pero no lo atacaba por eso”, dice el autor de “Los Villaflor de Avellaneda”.
Cecilia, una de las hermanas de Néstor, recuerda una anécdota relacionada con esos choques. “Un día, cuando la situación ya estaba muy complicada, Néstor fue a visitar a sus padres y Pedro vio que tenía los zapatos con las suelas agujereadas. No le dijo nada al hijo, pero le pidió a Azucena que le comprara unos zapatos nuevos porque no podía ser que anduviera así. Poco después, Néstor los visitó de nuevo y Pedro vio que seguía con los mismos zapatos agujereados. ‘¿Qué carajo hiciste con los zapatos que te compramos?’, lo increpó. Néstor le contestó que se los había dado a un compañero que los necesitaba más que él. Entonces Pedro explotó y Azucena tuvo que mediar una vez más para que no siguieran discutiendo”, cuenta Arrosagaray.
Fue una de las últimas veces que Pedro y Azucena vieron a Néstor.
“Una líder natural”:
Néstor De Vicenti y su novia, Raquel Mangin, fueron secuestrados el 30 de noviembre de 1976 de la casa en que vivían, en Agüero 4856, en Villa Domínico, a media cuadra del cementerio.
Apenas lo supo, Azucena empezó a buscarlo. En su búsqueda fue encontrando a otras mujeres a quienes también les habían secuestrado los hijos y peregrinaban como ella por cuarteles, iglesias, comisarías, oficinas públicas y juzgados. Casi de manera natural, Azucena comenzó a mostrarse como líder del grupo.
“Cuando investigué para mi libro entrevisté a muchas de sus compañeras de la primera hora y todas, sin excepción, la elogiaron y resaltaron el papel fundamental que cumplió en esos primeros tiempos”, dice Arrosagaray.
Una de las fundadoras, Haydee de García Buela, le contó, no sin algo de vergüenza, un entredicho que tuvo en esos primeros días, cuando eran menos de veinte mujeres, con Villaflor. Azucena aportaba ideas constantemente sobre qué hacer y dónde reclamar, a veces de manera un poco impetuosa. Eso molestó a Haydee, que en una de las reuniones la interrumpió de mal modo: “Pero vos quién te creés que sos que venís a dar órdenes”, la cortó y discutieron fuerte.
Más tarde, Haydee le pidió disculpas a Azucena. “Por suerte me di cuenta pronto de la calidad de mujer que era Azucena y entendí que ella conducía naturalmente porque tenía una gran capacidad para organizarnos”, le contaría años después a Arrosagaray.
Otra Madre de aquellos primeros días, María del Rosario Carballeda de Cerruti, la definió con cuatro simples palabras: “Era una líder natural”.
Las “locas” y la dictadura:
Después de aquel 30 de abril de 1977, cuando la policía les ordenó circular y ellas comenzaron a dar vueltas alrededor de la Pirámide, las “locas” de Plaza de Mayo –como se las llamó para descalificarlas– se transformaron en un problema para la dictadura.
Junto a otros militantes de derechos humanos comenzaron a reunirse en iglesias y parroquias. También en bares, adonde fingían celebrar el cumpleaños de alguna de ellas, e intercambiaban datos y documentos, disfrazados en paquetes que parecían de regalo.
El grupo fue creciendo y se fortaleció con el apoyo de otros organismos de derechos humanos. El 14 de octubre de 1977, realizaron una marcha en la Plaza que congregó a cientos de militantes de derechos humanos y familiares de desaparecidos. Azucena Villaflor y muchos de los participantes fueron detenidos por la policía, pero los liberaron pocas horas después.
Por entonces, Alfredo Astiz, bajo el nombre falso de Gustavo Niño y haciéndose pasar por hermano de una persona desaparecida, se había infiltrado en las Madres para detectar a quiénes las lideraban y cortar de raíz un movimiento del cual ya se empezaba a habar en el mundo. Señaló a Azucena como una de ellas.
El 8 de diciembre, cuando salían de una reunión de la Iglesia de la Santa Cruz, un grupo de tareas secuestro a ocho personas: Angela Auad, Remo Berardo, Raquel Bulit, Horacio Elbert, Julio Fondovilla, Gabriel Horane, Patricia Oviedo y la monja francesa Alice Domon.
Azucena Villaflor se salvó porque no había podido ir.
El secuestro y la muerte:
Los grupos de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada que habían perpetrado los secuestros en la Iglesia de la Santa Cruz no dieron por terminada su labor de descabezar a las Madres de Plaza de Mayo. Les faltaba Azucena, y también otras más a las que Astiz había señalado.
El 10 de diciembre a la mañana, Azucena Villaflor salió de su casa para hacer las compras y buscar el diario La Nación, para ver si había salido una solicitada de Madres. Una patota de la ESMA la secuestró en plena calle, a la luz del día. Ese mismo día también fueron secuestradas y desaparecidas la monja francesa Léonie Duquet y dos madres más, Esther Ballestrino de Careaga y Mary Ponce de Blanco. Las llevaron a todas a las mazmorras de la Escuela de Mecánica de la Armada.
Una semana después la subieron a un “vuelo de la muerte” y la arrojaron viva al mar.
Cuerpos en la playa:
El 20 de diciembre de 1977 comenzaron a aparecer cadáveres provenientes del mar en las playas de la provincia de Buenos Aires a la altura de los balnearios de Santa Teresita y Mar del Tuyú.
Los médicos policiales que examinaron los cuerpos registraron que las causas de las muertes habían sido “el choque contra objetos duros desde gran altura”. En otras palabras, a esas personas las habían tirado al mar desde un avión cuando todavía estaban vivas.
Nadie intentó identificar los restos, que fueron enterrados como “NN” en el Cementerio de General Lavalle.
En enero de 2005, el Equipo Argentino de Antropología Forense logró una orden para exhumar esos cadáveres y pudo identificarlos. Pertenecían a Esther Ballestrino de Careaga, a María Eugenia Ponce de Bianco y a Azucena Villaflor de Devicenti.
El 9 de diciembre de 2005, un día antes de cumplirse 28 años de su secuestro, las cenizas de Azucena fueron enterradas en la Pirámide de Mayo, aquella alrededor de la cual ella y otras Madres que buscaban a sus hijos desaparecidos habían empezado a circular el 30 de abril de 1977.
En la ceremonia, su hija Cecilia la despidió así: “Mi madre era una madre, nada más, nos quería y porque nos quería se desesperó cuando secuestraron a mi hermano Néstor. Acá mi mamá nació a la vida pública, que quede acá para siempre, para todos”. Texto de Infobae.
Nota do blog: Imagens 1 a 8, data 2024, crédito para Jaf / Imagem 9, data e autoria não obtidas / Imagem 10, data 1964-65, crédito para Foto Mar del Plata.

Estátua La Ola, Plazoleta Haroldo Conti, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina

 


Estátua La Ola, Plazoleta Haroldo Conti, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina
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En la plazoleta Haroldo Conti, en plena Costanera Sur, descansa una escultura que captura la fuerza y la belleza del mar. La ola, una obra maestra del escultor argentino Nicolás Isidro Bardas, fue inaugurada el 17 de abril de 1937, y es una pieza de mármol de Carrara que sobresale en ese refugio verde de la ciudad, a la sombra de las grandes torres de Puerto Madero.
Ubicada originalmente en el antiguo Parque Balneario Sur, La ola resistió el paso del tiempo y los cambios del entorno. Hoy, rodeada de árboles autóctonos, acompaña el disfrute del paisaje ribereño que suele llenarse de turistas y porteños que quieren escapar del asfalto gris los fines de semana.
Bardas, nacido en Buenos Aires en 1891, fue un artista multifacético, discípulo de Lucio Correa Morales, que incursionó en la pintura y la escultura. En La ola, logra una representación sensual y naturalista de una figura femenina desnuda inmersa en el movimiento de las olas. La tersura de la piel, la fluidez del cabello y la expresión del rostro transmiten también una sensación de serenidad.
El tema alude a la entrega a la naturaleza y la obra evoca la influencia de grandes maestros como Miguel Ángel, especialmente en el tratamiento del mármol y la búsqueda de la perfección anatómica.
Bardas murió en 1952, dejando un importante legado artístico. Sus obras se exhiben en museos de Praga, en la Universidad Nacional de México, y en instituciones de Argentina como la Presidencia de la Nación y la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En México, también, realizó los monumentos al revolucionario mexicano Felipe Carrillo y al líder Emiliano Zapata. La ola es sin dudas una de sus creaciones más emblemáticas, un testimonio de su talento y una joya única del patrimonio cultural porteño. Trecho de texto do El Ojo del Arte.
Nota do blog: Data 2024 / Crédito para Jaf.

Imagens Diversas, Costanera Sur, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina












Imagens Diversas, Costanera Sur, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina
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Nota do blog: Data 2024 / Crédito para Jaf.
 

Monumento a San Francisco de Paola / Monumento a São Francisco de Paula, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina


 

Monumento a San Francisco de Paola / Monumento a São Francisco de Paula, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina
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Nota do blog: Imagem de 2024 / Crédito para Jaf.

Parque Mujeres Argentinas, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina

 
































Parque Mujeres Argentinas, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina
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Este espacio verde homenajea a las grandes mujeres argentinas cuyos nombres designan las calles del barrio. Tiene una amplia plaza central y distintos niveles que ofrecen una vista panorámica de la zona. Su joven arboleda está conformada por jacarandaes, araucarias, magnolias y tipas, ejemplares característicos de la flora argentina. Fue diseñado por los arquitectos Irene Joselevich, Graciela Novoa, Alfredo Garay, Néstor Magariños, Carlos Verdecchia, Adrián Sebastián, Marcelo Vida y Eduardo Cajide. Texto do GCBA.
Nota do blog: Data 2024 / Crédito para Jaf.

Compañía Ítalo Argentina de Electricidad / Subestación N. 89, Parque Mujeres Argentinas, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina

 



Compañía Ítalo Argentina de Electricidad / Subestación N. 89, Parque Mujeres Argentinas, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina
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Texto 1:
Trata-se de uma antiga subestação desativada da Compañía Ítalo Argentina de Electricidad.
Era a subestação N. 89.
Texto 2:
Casitas de princesas o castillos de señores feudales aún se pueden descubrir en la trama urbana. Se reconocen por sus muros de ladrillos a la vista, arcos de medio punto y hasta escudos grabados. El conjunto de edificios de porte medieval que todavía sigue en pie responde a las usinas y subestaciones de transformación eléctrica que construyó la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad (CIAE), más conocida como la Ítalo. Entre 1911 y 1912 desparramó por la ciudad casi 200 construcciones de distintas escalas pero con un estilo común: el románico lombardo. Con base de piedra, las torres (algunas más altas que otras) presentan un reloj en el remate, dignas de cualquier castillo de Florencia.
Es que estos proyectos, cuyo ejemplar más destacado es La Usina del Arte, en La Boca, fueron desarrollados por el arquitecto italiano Giovanni Chiogna, que trajo desde Trento a Buenos Aires las influencias florentinas y neorrenacentistas. En La Usina aplicó todos los recursos palaciegos y estilos dominantes en fábricas e iglesias de su época. La construcción que arrancó en 1914 y se inauguró en 1916 fue, desde el minuto 0, un hito en el paisaje urbano. Cuando la obra monumental de 7500 m2 se implantó en Caffarena 1, Chiogna no se imaginaba que la planificación urbana futura le acercaría como vecino lindero a la Autopista Buenos Aires –La Plata, un mirador privilegiado a la estructura que fue restaurada en 2012. Esta recuperación respetó las fachadas internas revestidas en piedra París con basamento granito y las molduras y capiteles de gran valor patrimonial.
El “palacio de luz”, como se conocía al edificio, alojaba en su interior puentes grúas, turbinas, calderas e instalaciones para almacenamiento y distribución eléctrica. Luego de la intervención pasó de generar y distribuir corriente continua a contener un centro cultural que atesora una joyita moderna en su nave principal: una sala sinfónica para 1200 espectadores. El anexo es hoy la sede expositiva del Museo del Cine, construido entre 1919 y 1921 y conectado a la Usina a través de una calle interna: allí vivían los ingenieros y el personal jerárquico de la central eléctrica.
Sin embargo hay más subestaciones desperdigadas por los barrios, aunque menos conocidas. En Av. San Juan y Paseo Colón aún queda en pie otra, donde la firma de Chiogna recuerda la arquitectura de época. En las Cañitas (calle Chenault al 1900), en San Cristóbal (Estados Unidos al 2200) o en Almagro (Gascón al 1000, donde funciona la discoteca Amérikca). Aunque con un rol secundario, las subusinas eran las encargadas de la distribución eléctrica por todos los barrios. Hacia 1920, la CIAE administraba 57 subestaciones y en 1928 llegaba a Lomas de Zamora y Quilmes.
Entre los miles de inmigrantes italianos, el nombre de la empresa caló hondo y enseguida generó sensación de pertenencia. Pero la denominación era engañosa. El auténtico propietario de la Ítalo Argentina era el holding suizo Motor Columbus, involucrado en una madeja de concesiones y negociados que derivaron en pedidos de informes y comisiones de investigación desde la Cámara de Diputados. Eran los tiempos de la Primera Guerra Mundial y en el país se habían fortalecido las estructuras monopólicas. La electricidad fue parte de un proceso que terminó en escándalo.
Con el tiempo, las réplicas de estilo medieval fueron desapareciendo. Segba (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires) absorbió la compañía en 1979 y después pasaron a integrar la lista de bienes estatales. Demolidas o abandonadas, algunas se salvaron del olvido y hasta se transformaron en viviendas particulares, como la espectacular casa de Julián Álvarez al 1700. En Recoleta, figura una subestación en Pacheco de Melo 3031, mientras que en Balvanera sigue en pie la de Tucumán 2453 y la de Estados Unidos 2242. En Caballito, en la calle Méndez de Andes 1657 la señalética con rayos amarillos advierte que, aún, allí sigue funcionando una subestación.
Otras siguen cumpliendo su función para Edenor o Edesur. Sorprende también la mínima y solitaria torre de Av. Figueroa Alcorta al 3800, a la altura del Jardín Japonés. Y entre medianeras, la de Paraguay 4511, con las paredes grafiteadas.
En el relevamiento del guía de turismo Robert Wright, un estadounidense dedicado a organizar walking tours (caminatas turísticas) por Buenos Aires, figuran varios ejemplos. “Si tiene una estructura CIAE en su barrio deje un comentario con la dirección exacta y una identificación visible. Había 85 subestaciones construidas a fines de la década de 1920 y 75 aparecen en esta lista. Se solicita ayuda especial a los vecinos de Avellaneda, Lomas de Zamora y Quilmes”, solicita Wright en su blog.
Mientras otras quedaron obsoletas y fueron demolidas, unas pocas lograron cambiar de piel. Es el caso de la Usina del Arte y de la recuperación del edificio del Museo del Holocausto, en Montevideo 919, catalogado con protección patrimonial. Allí se respetó la arquitectura original para duplicar su superficie con la misión de ubicar al visitante en los complejos escenarios impuestos por el régimen nazi. De la subusina de 1915 al dinámico espacio de memoria y divulgación inaugurado en 2019, la restauración conservó la fachada ornamentada y el patio. Estas piezas de infraestructura que se transformaron en espacios culturales ofrecen la oportunidad de viajar en el tiempo y conocer, al menos desde sus ladrillos, cómo era la ciudad a principios de 1900. Texto de Vivian Urfeig / La Nacion.
Texto 3:
La Compañía Ítalo Argentina de Electricidad (CIAE), más conocida como "La Ítalo" fue una empresa argentina de electricidad perteneciente al holding suizo Motor Columbus, creada en 1911, que se destacó por prestar el servicio eléctrico en la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores entre 1912 y 1979.
Realizó un acuerdo monopólico con la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad (CATE), para repartirse el mercado eléctrico de la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. En 1936 la CHADE-CADE y la CIAE sobornaron a altos funcionarios argentinos para extender sus concesiones otorgadas por 50 años, otros 40 años, y para dejar sin efecto la cláusula que las obligaba a entregar sus activos a la Ciudad de Buenos Aires al finalizar la concesión. En 1936 la Ítalo fue una de las empresas protagonistas del célebre Escándalo de la CHADE, a raíz de la extensión del plazo de concesión a un siglo, mediante sobornos a políticos y actos de corrupción en los que se vieron involucrados dos presidentes de Argentina, Marcelo T. de Alvear y Agustín P. Justo.
En 1944 el Informe Rodríguez Conde reveló los delitos y actos de corrupción realizados por la empresa y recomendó quitarle la personería jurídica a la Ítalo y otras empresas. En 1957 se declaró la nulidad de la prórroga de la concesión y la cláusula de entrega de los bienes al Estado, pero meses antes de vencer, el presidente Arturo Frondizi volvió a concederle el servicio, sin plazo y con el beneficio de que podía vender la empresa al Estado, si así lo solicitaba. La presidenta María Estela Martínez de Perón anuló en 1975 la concesión renovada por Frondizi.
Al año siguiente la dictadura autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, mediante actos del ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, exdirectivo de la Ítalo, y del secretario Guillermo Walter Klein, preservó la concesión en manos de la empresa y en 1978 dispuso que el Estado la comprara, generando otro escándalo debido a la obsolescencia de sus bienes. La maniobra involucró la desaparición de Juan Carlos Casariego, un funcionario de la dictadura que se oponía a la compra de la Ítalo. Recuperada la democracia en diciembre de 1983, el Congreso de la Nación creó una Comisión para investigar el caso. Trecho de texto da Wikipédia.
Texto 4:
Hace cuarenta años, la Compañía Italo Argentina de Electricidad (CIADE) era absorbida por SEGBA. A pesar de su nombre, la Ítalo nunca fue italiana y, según los funcionarios que la nacionalizaron en 1979, tampoco era argentina; por esa pirueta interpretativa, pagaron en billetes estadounidenses, y no en pesos, una cantidad de casi 400 millones para comprar lo que no valía ni 8.
La historia es que en sus 67 años de existencia, la Ítalo dejó más de un centenar de “castillos medievales” esparcidos por la ciudad que son hoy un orgullo nacional, así como una buena cantidad de actos de corrupción que produjo, indujo o reprodujo la empresa suiza al punto de salpicar a cada uno de los gobernantes de turno durante siete décadas.
Creada en 1911, la CIADE se repartió el mercado eléctrico de la ciudad de Buenos Aires y alrededores con la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad (CATE, después CHADE-CADE).
El asunto es que cuando se repartieron el mercado jugoso de la metrópoli, la Ìtalo apuntó a los usuarios particulares, dicen que fue por eso que adoptó el apelativo italiano en lugar del suizo que le hubiera correspondido por el origen de sus capitales. en definitiva, el objetivo marketinero de la empresa estaba enfocado en captar a la gran inmigración peninsular que poblaba y expandía al Buenos Aires de esa época.
Para abastecer a los hogares de una ciudad que crecía a pasos agigantados, la compañía se vio obligada a repartir más de doscientas subestaciones de distintos tamaños por los diferentes barrios y el Conurbano. Pero, a principios del siglo XX, construir en la ciudad demandaba conservar la etiqueta, tener cierta gracia, mantener, digamos, un determinado estilo. Los ingenieros suizos eligieron el ropaje histórico que mejor le calzaba a sus construcciones industriales: el románico lombardo. Un estilo medieval, austero, sólido y bastante memorable.
El estilo se había desarrollado en el norte de Italia en el siglo XI y XII y se distinguía por la combinación de piedra y ladrillo, además de una serie de ornamentos típicos que los constructores argentinos supieron copiar bien usando una mezcla que llamaron simil piedra.
Claro que la mayoría de los ejemplos históricos usados como modelo eran iglesias o conventos, de ahí que los edificios de la Italo parezcan más templos que otra cosa. Con un repertorio de arcos de medio punto, escudos ornamentales, torres con almenas como si fueran castillos y demás recursos estilísticos, las construcciones de la Ítalo se volvieron inconfundibles en el paisaje de Buenos Aires.
Curiosamente, veinte años después, el arquitecto Carlos Massa usó el estilo románico para construir más 36 iglesias en sólo 8 años, todo porque el Cardenal Copello prefería los estilos del medioevo europeo, los veía sólidos y austeros, un símbolo de probidad moral. Nada más alejado de la realidad en el caso de la Ítalo.
En 1936, la CHADE-CADE y la CIAE sobornaron a los funcionarios estatales y municipales de la época para extender sus concesiones 40 años más y borrar la cláusula que las obligaba a entregar maquinarias y edificios a la Ciudad.
En 1957 se revocó esa medida pero el presidente Arturo Frondizi volvió a concederles el servicio, ahora sin plazo.
La presidenta María Estela Martínez de Perón anuló la disposición de Frondizi en 1975, pero después del golpe, la Dictadura volvió a darle al concesión a la Ítalo para terminar comprándola tres años más tarde a un precio escandaloso.
Nada de todo esto podía imaginar Giovanni Chiogna cuando diseñaba las estaciones y subestaciones de la CIAE. Nativo de Trento, el arquitecto italiano que conocía bien el estilo románico por haberlo visto en vivo y en directo. Los edificios se empezaron a inaugurar en 1915 con una velocidad sorprendente, en lotes normales, manzanas enteras o parcelas extremadamente angostas. Todos distintos pero parecidos.
Tal vez el máximo exponente de esta familia de “castillos medievales” sea La Usina Pedro de Mendoza, ubicada en avenida Don Pedro de Mendoza 501, hoy convertida en centro cultural con el nombre de Usina de las Artes.
Otro testigo privilegiado es el edificio de Montevideo al 900, donde hoy funciona el Museo del Holocausto. Muchas de las construcciones de la Ítalo fueron demolidas, otras abandonadas y hay algunas que todavía existen cumpliendo con su objetivo inicial, como la subestación Pérez Galdós, funciona detrás de la Usina del Arte. Texto de Miguel Jurado / Clarín.
Texto 5:
"¡Es her-mo-so!", dice separando cada sílaba Leandro Casas, vecino de Barracas, mientras pasea su perro por delante de la subusina eléctrica de la calle San Antonio al 1075. Habla del bellísimo edificio de ladrillo a la vista, techo de madera y puerta de hierro rojo que queda cerca de su hogar. Cada vez que se corta la luz, se llena de cuadrillas de Edesur.
A pocas cuadras de ahí, sobre la avenida San Juan casi Paseo Colón, otra subestación parece una casita de muñecas antigua rodeada de edificios altos. Tiene vegetación creciendo entre sus ladrillos centenarios y un cartel de instalación de aires acondicionados que alguien colocó al lado de la firma de Giovanni Chiogna, el arquitecto que la construyó.
En el cercano barrio de San Cristóbal, la subusina de Estados Unidos 2242 bien podría ser la morada de un villano con su fachada gris, ventanales inmensos y gárgola. En cambio, la de la calle Chenault, en Las Cañitas, podría hacer de domicilio de princesa. Pero está toda grafitada y venida a menos.
Infinidad de porteños las cruzan a diario, solo algunos reparan en su simpática arquitectura y muy pocos conocen su historia. La ciudad conserva -con diferentes grados de preservación- decenas de pequeños edificios de ladrillo e inspiración medieval, herencia de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad (CIAE). El más monumental y conocido es la Usina del Arte. Minirréplicas sobreviven en medio del paisaje urbano, de Palermo a San Telmo y hasta la zona sur del conurbano.
Mucho antes de Edesur y Edenor, a principios del siglo XX, la CIAE se disputaba con la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad (CATE) el suministro eléctrico en Buenos Aires. El edificio de la Usina del Arte, de 1919, queda como imponente testigo de esa época. "El palacio de la luz" marcó un hito en el paisaje porteño. Dicen que a partir de ella, la ciudad pasó a ser una de las mejor iluminadas y con mayor vida nocturna del mundo.
A la par de la monumental estructura del barrio de La Boca se construyeron subusinas secundarias y más de cien pequeñas estaciones de apoyo, similares en aspecto, encargadas de la distribución final en los barrios. Se las reconoce de inmediato por su arquitectura similar de ladrillo a la vista, arcos de medio punto, columnas y aberturas de hierro. Hacia 1920, la CIAE administraba 57 subestaciones y en 1928 llegaba a Lomas de Zamora y Quilmes.
Tal vez para generar empatía con la numerosa colectividad italiana existente fue que los propietarios suizos de la CIAE eligieron llamarla ítalo y argentina, pero lo cierto es que nada tenía de esas dos nacionalidades. Para Alejandro Machado, apasionado por la arquitectura porteña y constante difusor de los tesoros edilicios de la ciudad, la compañía realizó "una de las primeras acciones de marketing del país" al llenar los barrios de minirréplicas inspiradas en el Castillo Sforzesco de Milán. En su blog, Machado relevó 23 estaciones firmadas por Juan José (o Giovanni) Chiogna, principal constructor italiano contratado por la CIAE. Muchas otras fueron firmadas por al menos cinco arquitectos más.
Lo curioso es que escasean registros oficiales que listen a todos los edificios, que supieron ser más de 100 entre subestaciones, usinas y superusinas. En 1979, la empresa Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (Segba) absorbió a la CIAE y unos años después las construcciones pasaron a ser propiedad del Estado nacional. Con el tiempo, algunas fueron desafectadas, otras demolidas y alguna hasta pasó a ser una vivienda particular, como la de la calle Julián Álvarez al 1700. Otras tuvieron un mejor destino, como la de Montevideo 919, hoy Museo del Holocausto. Muchas de ellas continúan en funcionamiento como estaciones generadoras y distribuidoras de energía y están en poder de Edesur y Edenor.
Para Patricia Méndez, doctora en Ciencias Sociales y arquitecta, la experiencia del Museo del Holocausto es un ejemplo de recuperación de edificios digno de resaltar no solo por el alto valor patrimonial que posee el inmueble, sino también porque "permite al transeúnte la posibilidad de conocer parte de la historia técnica de la que fue una de las más importantes empresas eléctricas en el medio local".
En 2007, Méndez realizó una investigación sobre el patrimonio industrial de la electricidad en Buenos Aires, incluida en el libro Miradas sobre el patrimonio industrial (Centro de Documentación de Arquitectura Latinoamericana). Allí hizo un llamado a los entes administrativos a ofrecer "un inventario que facilite la identificación, permita la conservación e invite a la sana reutilización de estos espacios que fueron luz en sus diversas fases históricas". Tres años después, en 2010, la Legislatura porteña sancionó una ley que tipificó 35 edificios y les adjudicó distintos niveles de protección por considerarlos "parte fundamental del patrimonio de la ciudad".
Pero el listado más completo y con fotos disponible hoy, al menos entre los que son de acceso público, lo creó Robert Wright, un estadounidense que vivió quince años en Buenos Aires como escritor de guías de turismo. En medio de sus recorridos por la ciudad se obsesionó con las estructuras de la Ítalo y empezó a registrarlas en su blog.
"¡Llamado a la solidaridad! Debe existir un inventario de todos los edificios que pertenecían a la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad en algún archivo viejo de la empresa", escribió en el 2010, instando a quien divisara uno en su barrio a compartir su hallazgo. Así, en colaboración con otros entusiastas de la arquitectura porteña, logró enumerar 72 construcciones, que marcó en un Google Maps. Todavía hoy su posteo sigue generando comentarios de entusiastas, arquitectos o simples vecinos que año a año comparten datos, se pasan ubicaciones y tejen una red con más preguntas que respuestas. Texto de María Ayzaguer / La Nacion.
Nota do blog: Imagens de 2024 / Crédito para Jaf.