terça-feira, 25 de fevereiro de 2025

Antiguo Edificio de la Cervecería Munich, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina

 


























































Antiguo Edificio de la Cervecería Munich, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires - Argentina
Fotografia



En 1918 se inauguraba en la ribera del Puerto Madero el Balneario Costanera Sur, gran parque y balneario público. Ampliado durante la siguiente década, el lugar se transformó en favorito de los porteños para pasar el verano al aire libre.
Por eso, el empresario catalán Ricardo Banús contrató al arquitecto húngaro Andrés Kálnay para que diseñase la Sucursal Balneario de la Cervecería Munich, de su propiedad. El edificio fue construido en el tiempo récord de cuatro meses y ocho días, aprovechando la prefabricación de todos los ornamentos y la estructura base de hormigón armado que hubo que construir debido a que en la zona el suelo estaba compuesto por tierra ganada al Río de la Plata, lo cual lo hacía demasiado blando para la construcción.
Kalnay no solo se encargó de la construcción del edificio: también realizó los vitrales, las barandas, las lámparas, la vajilla y los muebles. Y elaboró los diversos elementos escultóricos y símbolos pintados en las paredes que remiten a la cerveza y a la cultura de la ciudad de Múnich.
Inaugurado el 21 de diciembre de 1927, el emprendimiento fue tan exitoso que la Municipalidad de Buenos Aires decidió proyectar un conjunto de cervecerías y confiterías a lo largo del extenso parque, que serían concesionadas a diversas compañías. Para mantener la armonía, el mismo Kalnay estuvo a cargo de proyectar las nuevas construcciones: las cervecerías “Brisas del Plata”, “Don Juan de Garay”, “La Alameda” y “Punch de Naranja”. Por último, la Cruz Roja encargó a Kalnay el proyecto de un “Chalet Modelo” que fue rifado, actual templo Beit Jabad.
Así, la Costanera Sur quedó identificada con el estilo del arquitecto húngaro, con influencias de los edificios tradicionales de su tierra natal. Era común la organización de festivales sobre escenarios de madera, en las noches de verano, en donde se bailaba flamenco y se realizaban diversas actuaciones. Sin embargo, con el paso de las décadas el paseo fue decayendo, hasta que a comienzos de loa años 1970 la Cervecería Munich cerró definitivamente. El edificio quedó abandonado y fue vandalizado, perdiendo muchos de sus vitrales y elementos decorativos.
En 1979, mediante la ordenanza municipal 35.941/79, la Municipalidad cedió a la Empresa Nacional de Telecomunicaciones la antigua sucursal Balneario de la Munich, por un plazo de 20 años y con el objetivo de instalar allí un futuro Museo de las Telecomunicaciones. Debido al deterioro completo de los interiores, la Gerencia de Relaciones Industriales de ENTel decidió restaurar los pisos y los muros con toda la ornamentación original —únicos sobrevivientes— y al mismo tiempo inició una serie de reformas internas de tono respetuoso, buscando ampliar las posibilidades del edificio para las exposiciones. Para ello, la empresa contactó personalmente a Andrés Kalnay, y su hijo Esteban se hizo cargo del diseño de nuevos vitrales alusivos a la nueva función de la antigua cervecería.
En 1992, con la privatización de los servicios telefónicos, el Museo de Telecomunicaciones quedó en manos de la compañía de origen francés Telecom Argentina, quien se hizo cargo de la administración del establecimiento hasta 2002, cuando el Gobierno de la Ciudad revocó la concesión realizada en 1979 y recuperó la antigua cervecería y lo utilizó como Centro de Museos de Buenos Aires.
Características:
La sucursal “Balneario” de la Cervecería Munich fue proyectada por Andrés Kálnay hacia 1927. Su construcción se dio en el plazo inédito de 4 meses y 8 días. Primero, el terreno debió ser rellenado y compactado, para lo cual se utilizó tierra proveniente de las excavaciones para el subterráneo de la compañía Lacroze (hoy línea B). Luego, sobre una losa casetonada de un metro de grosor, se construyó el edificio, con un sótano, planta baja y dos niveles con terrazas exteriores.
El ingeniero Federico Kammerer dirigió las obras y se hizo cargo del cálculo de estructuras, mientras las instalaciones fueron realizadas por el ingeniero H. Potthoff. Las singulares esculturas y otros ornamentos en la fachada e interiores fueron obra del escultor Enrique Schwindsackl, y lograrían años más tarde sobrevivir a los destrozos durante el abandono.
En el sótano se ubicaron las instalaciones frigoríficas, las más grandes del país fuera de las utilizadas en fábricas. La cámara más grande tenía capacidad para refrigerar 1000 barriles de cerveza (50.000 litros), y abastecía directamente a las llaves de expendio en el nivel de la planta baja. Los pisos superiores tenían terrazas y escalinatas donde se instalaban mesas.
El edificio fue realizado en el estilo personal de Kalnay, difícil de encuadrar en una corriente determinada. Posee elementos del pintoresquismo del centro de Europa, lugar de origen del arquitecto, aunque también luce rasgos del Art deco, estilo en auge a mediados de los años 1920. Finalmente, se trata de una composición ecléctica, que toma elementos de diversas influencias mezclados en un estilo muy propio de Kalnay, visible también en edificios y residencias proyectados por el mismo arquitecto. Especializado en la decoración, Kalnay diseñó incluso las arañas de luz, la boisserie de las paredes, las barandas de las escaleras, las baldosas del piso y los singulares vitrales de la cervecería, que ilustraban personajes vestidos en atuendos tradicionales de la ciudad de Munich, y otros motivos alegóricos de la cerveza.
Toda la ornamentación original, junto con el mobiliario, se perdió luego del abandono a lo largo de los años 1970. En 1979, la Gerencia de Relaciones Industriales de ENTel, a cargo del arquitecto Rodolfo de Liechtenstein, diseñó la remodelación del edificio para el nuevo Museo de Telecomunicaciones. Las esculturas de personajes alpinos que sostenían las letras de la palabra "Munich" a lo largo de la fachada fueron rescatadas y restauradas; al tiempo que se sumaron piezas de la Fuente Monumental que decoraba el Parque Colón hasta la instalación del actual Monumento a Colón, junto a la Casa Rosada. En cinco meses, los trabajos estuvieron terminados, y el museo abrió en 1980.
En el interior del edificio, los ambientes de los pisos superiores fueron modificados para adecuarlos a su nuevo uso, construyéndose una escalera para unir la planta baja y el sótano, y una pasarela entre la planta baja y el primer piso, abriendo los vanos de los muros internos y aprovechando los templetes que decoran el exterior de la cervecería como espacios de exposición, cerrándolos con vidrio. Para la restauración, Andrés Kálnay fue contactado y se utilizó material y planos de su archivo personal, mientras su hijo Esteban diseñó nuevos vitrales para reemplazar a los destruidos, pero cambiando las alusiones a la cerveza por elementos de las telecomunicaciones tales como satélites y el logo de la propia ENTel. Trecho de texto da Wikipédia.
Nota do blog 1: Na época das imagens, o edifício da extinta Cervecería Munich funcionava como Museo de Telecomunicaciones.
Nota do blog 2: Data não obtida / Fotografias de Pedro Roth.

Confeitaria Cometa, 1977, Rua XV de Novembro, Curitiba, Paraná, Brasil


 

Confeitaria Cometa, 1977, Rua XV de Novembro, Curitiba, Paraná, Brasil
Curitiba - PR
Fotografia


Na época o estabelecimento havia sido interditado pela SUNAB (Superintendência Nacional do Abastecimento). Vocês podem não acreditar, mas antigamente a população denunciava as práticas erradas ou abusivas no comércio, especialmente balanças fraudadas, higiene ruim, etc. 
E, pasmem, a SUNAB ia verificar as denúncias.
Já hoje...
Era localizada no calçadão da rua XV de Novembro.
Nota do blog: Data 1977 / Autoria não obtida.

Cervecería Munich, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina




 

Cervecería Munich, Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires - Argentina
Fotografia

A principios de la década de 1970 cerraba sus puertas la Cervecería Munich, lugar de reunión de los ciudadanos en sus paseos por la Costanera Sur durante la primera mitad del siglo XX, acompañando en su decadencia a la del balneario que la había originado.
Los constructores:
Los hermanos Jorge y Andrés Kálnay llegaron al Río de la Plata en 1921 a bordo de un buque sin bandera ni rumbo prefijado. Dejaban Hungría, su país natal, a causa de la ocupación rumana luego de la guerra.
Ese año, en la pujante Buenos Aires, el presidente Yrigoyen inauguraba el primer tramo de la Avenida Costanera Sur, límite urbano entre la Ciudad y el río, cuyo proyecto comprendía un murallón con escaleras al río y una pérgola semicircular. Esta área, en la que siete años más tarde se emplazaría la cervecería Munich, fue el paseo predilecto de los porteños durante cuatro décadas.
En la Argentina, al igual que otros miles de refugiados e inmigrantes, los Kálnay encontraron libertad y oportunidades para desarrollar su talento de arquitectos. Luego de trabajar como proyectistas y perspectivistas en varios estudios, ambos fueron incorporados al registro oficial, lo que les permitió instalarse por su cuenta. Juntos diseñaron edificios de relevancia, como el diario Crítica y el Cine Florida. En 1927 Andrés Kálnay construyó la cervecería Munich, obra significativa en su trayectoria.
Autor de numerosas publicaciones, docente y conferencista, se dedicó especialmente a la problemática de la vivienda. El hecho creativo de la construcción fue para Kálnay la expresión de un pensamiento comprometido con las necesidades reales del hombre y la eficiencia en el uso del tiempo. Su producción, vasta y heterogénea, pervive aún hoy en casi todos los barrios porteños.
La Munich frente al río:
La cervecería Munich, obra de Andrés Kálnay, fue desde su inauguración en 1927, un lugar destacado en Buenos Aires. El edificio jerarquizaba el paseo de Costanera Sur, preferido de los porteños por más de tres décadas y embellecido paulatinamente con significativas obras de arte como la Fuente de las Nereidas o la estatua de Luis Viale.
Mientras prosperaban en las cercanías los primarios teatrillos para artistas de variedades, cómicos, cantantes e ilusionistas, en el refinado ámbito de la cervecería se reunían pensadores, personajes de la política, de las letras, del arte o del deporte y cuanto visitante ilustre pasaba por Buenos Aires.
Leopoldo Lugones, Alfredo Palacios, Alfonsina Storni, Belisario Roldán, Juan Manuel Fangio, fueron algunos de los parroquianos habituales. También alguna noche, sostienen los cronistas, Carlos Gardel, conspicuo paseante de la zona, alegró con su canto los salones de la Munich.
El Balneario Municipal Sur:
Según los cronistas de entonces, el 11 de diciembre de 1918 fue un día sofocante. Hacia la ribera del Plata se dirigían filas de coches de plaza y automóviles descapotados, los que al llegar circulaban por la playa. Señoras de largos vestidos y caballeros de formal atuendo, con sus cabezas cubiertas por ranchos, bombines y hasta galeras, se descalzaban y caminaban, zapatos en mano, por la vera del río.
Aproximadamente a las tres de la tarde, los presentes se agolpaban en la rambla. Ya congregados, el bautismo fue anticipado: el cielo se cubrió totalmente y cayó un súbito chaparrón. Sin embargo, la concurrencia permaneció en su sitio, tal era el entusiasmo. A las 18 llegaron los coches oficiales llevando al intendente municipal Joaquín Llambías y al secretario de Obras Públicas, Ing. José Quartino. Luego de que la Banda Municipal ejecutara el Himno Nacional, monseñor Alberti bendijo las aguas. En medio de grandes aplausos, los funcionarios iniciaron el retorno mientras atronaba el aire una salva de veintiún cañonazos y, según los cronistas de la época, “... una multitud calculada en más de cien mil personas invadió rápidamente las explanadas, al ser habilitado el Balneario Municipal”.
Luego de la fiesta inaugural, la Costanera Sur fue convirtiéndose en obligado paseo del verano porteño. Sobre la terraza del largo espigón con escalinatas al río, obra de ingeniería original y osada para la época, se compusieron amplios jardines cultivando la tierra en forma de pelouses y motivos florales al estilo de los jardines de Versailles, se plantaron corpulentas tipas y acacias y se instalaron farolas y maceteros de bronce importados de Francia.
Según el reglamento dictado por el intendente Carlos Noel en 1923 se disponía el uso obligatorio de “... traje completo de baño, de malla (mamelucos) o pantalón y saco, debiendo hallarse todas las prendas en buen estado (....) se prohibe el uso, para los baños, de calzoncillos comunes o de punto (...) los bañistas deberán proveerse de toalla y deberán permanecer (...) sólo media hora en el agua”.
Los baños debían realizarse respetando la delimitación establecida por sexo, existiendo una zona para mujeres y otra para hombres. El Balneario contaba con duchas y 380 casillas individuales para que el público pudiera guardar sus pertenencias, así como con canchas de tenis, fútbol y un gimnasio para los niños. El público llegaba hasta allí con el tranvía Lacroze o en las llamadas bañaderas descapotadas que venían desde la provincia.
En los terrenos adyacentes se erigieron amplios restaurantes y confiterías por donde desfilaron cientos de artistas de variedades. En toda la zona se realizaban bailes y se celebraban entusiastas carnavales junto al río desmesurado, de cuyo color no han podido ponerse de acuerdo nuestros más grandes poetas.
El río era color de león para Leopoldo Lugones; leonado según Arturo Cancela; chocolate en la visión de Arturo Capdevilla; verde y azul acero al decir de Eduardo Mallea; oleoso y negro en los textos de Leonidas Barletta; de color mineral a los ojos de Baldomero Fernández Moreno, y de la rojiza llanura en la descripción de Roberto Arlt.
Los millones de porteños que se acercaban al río para bañarse en él, contemplar sus ondas o disfrutar de su puro aliento agregaron, a lo largo de los años, infinitos matices para describir a su río, ése del que podían disfrutar plenamente en los veranos inolvidables de la Costanera Sur. Texto do GCBA.
Nota do blog: Data e autoria não obtidas.

Balneario Municipal, Costanera Sur, Buenos Aires, Argentina


 

Balneario Municipal, Costanera Sur, Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires - Argentina
Fotografia


El 11 de diciembre de 1918, se inauguró en Buenos Aires el Balneario de la Costanera Sur, a las orillas del Río de la Plata, cuando todavía no estaba contaminado. Buenos Aires se abría así al ilimitado horizonte de su río, al que más tarde negaría con todas las barreras posibles, para hacer de él algo casi inaccesible, lindo para mirar a lo lejos desde la terraza de un rascacielos.
Pero, por entonces, la ciudad era chata y centenares de señores de cuello y corbata condescendieron al rancho pajizo y fresco como único indicio de que iban a vivir una jornada “sportiva”; las señoras tomaron sus sombrillas y todos se fueron derecho por Brasil o por Belgrano, a ver qué era eso de las «expansiones acuáticas» que ofrecía el flamante balneario.
Inaugurada durante la primera presidencia de HIPÓLITO YRIGOYEN, cuando la administración comunal estaba a cargo del doctor JOAQUÍN LLAMBÍAS, la Costanera Sur se convirtió rápidamente en uno de los paseos preferidos por los porteños, hasta el punto de que con el paso de pocos años, recibió el aporte de significativas obras de arte que aún hoy la embellecen.
Las obras habían comenzado en 1916 y se desarrollaron a un ritmo febril. En los últimos cuatro meses, los obreros trabajaron día y noche para concluir a tiempo. La superficie del terreno fue rellenada con 12.000 metros cúbicos de tierra, se construyó un espigón de 180 metros que terminaba con las escalinatas que bajaban al río y el primer tramo de la avenida Costanera Sur entre las avenidas Belgrano y Brasil.
Estaba sostenido por una plataforma de hormigón, para el que se utilizaron rieles viejos provenientes de demoliciones, y la escalinata de acceso al río se hizo con cajones de hormigón, trasladados por un vagón guinche. Además, se levantaron 300 casillas para los bañistas, canchas de tenis, fútbol y juegos para niños, Se parquizó la zona con la siembra de pasto y flores y los jardines fueron diseñados por Benito Carrasco.
Allí tuvo su primer emplazamiento la fuente «Las Nereidas» de Lola Mora, que provocó unas cuantas controversias hasta ocupar su actual emplazamiento en la avenida Alem.
Como era costumbre todavía, se marcó un límite en las aguas, dejando un área para las mujeres y otra para los hombres, aunque en esos años, lo importante era disfrutar de la caminata a metros del río, el bronceado no sólo no estaba de moda, sino que era sinónimo de la clase obrera. Varias líneas de tranvías acercaban desde diferentes puntos de la ciudad a todos los sectores sociales.
El balneario tenía además una intensa actividad nocturna por los restaurantes y confiterías aledañas. La más famosa era la cervecería «Munich», donde hoy se encuentra museo de Telecomunicaciones, que junto con las confiterías «Brisas del Plata» y «La Rambla», eran el centro de reunión para disfrutar de una noche de verano, después de pasear por el Parque de Diversiones, donde la montaña rusa y la vuelta al mundo atraían a chicos y grandes.
El día de la inauguración, programada para las 17, hacía un calor espantoso. Como la comitiva oficial tardó en presentarse, el numeroso público que esperaba en el lugar rompió el cordón policial y ocupó el balneario. Algunos oficiales comenzaron a perseguir a la gente a caballo pero fue inútil.
Por fin, a las 18, llegó el intendente LLAMBÍAS, el edecán presidencial y algunos ministros, y comenzó el acto oficial. La Banda Municipal tocó el Himno y se efectuaron 21 disparos con un cañón comprado en Francia, usado en la batalla del Marne. Entonces, ya legalmente, la gente se internó en el río.
A poco de inaugurado, comenzaron a preocuparle a las autoridades, la necesidad de regular el comportamiento de los bañistas en público. Se establecieron los horarios en que estaba permitido bañarse en el río: de 6 a 11 y de 15 a 19.
Ante la preocupación por el estado de los trajes de baño usados en público, en 1925, la Dirección General de Suministros confecciona trajes de baño que vende a $2 m/n cada uno y reduce el costo de derecho al baño y uso de una de las tradicionales casillas a diez centavos.
En 1926 asistieron 45.000 bañistas entre los meses de enero a marzo y noviembre y diciembre. Por la venta de trajes de baño se obtuvo a suma de $6.364.000 m/n. Estos ingresos eran muy importantes para el erario municipal, que por los empréstitos contraídos para llevar a cabo la transformación urbana siempre estaba escasa de recursos.
El 1º de diciembre 1936, en un artículo del diario «La Nación» apareció una queja sobre el comportamiento de algunos bañistas, que decía: «de regreso del balneario Municipal, los jóvenes bañistas del domingo y los días de fiestas, han encontrado un medio ingenioso pero antiestético de secar sus mallas. Salen de las casillas con éstas aún chorreando en un paquete, toman el tranvía y a hurto del guarda tienden en la ventanilla su traje empapado».
«Con la marcha, a los costados del vehículo se ven flamear desde lejos esos banderines azules, rayados, rojos y con perneras, y el tranvía parece, lleno de gallardetes improvisados, una sucursal rodante del balneario popular».
«Si ingeniosos parece este método para secar las ropas, es poco decoroso. Conviene que lo popular no degenere en populachería, que la ciudad conserve su aspecto urbano y que no se exhiban prendas íntimas en plena calle, por muy deportivas que sean éstas.».
La decadencia del Balneario comienza en la década del 40 y en los 50 el río se alejó por los rellenos que se comienzan a realizar. En las décadas del 60 y 70 del siglo XX, la contaminación ya impide acceder al río. En 1978 se demuelen todos los edificios salvándose sólo el de la «Munich».
En la actualidad, la «Reserva Ecológica» que se ha instalado allí, permitió recuperar parte del esplendor de esta zona, tan cara a los sentimientos de los porteños, que gracias a la reconstrucción de parte de su ornamentación original con las tradicionales farolas en el veredón costero y sus escalinatas que se ha hecho, han remozado y dado brillo a este lugar.
Monumentos y esculturas:
Un caballero italiano: Apenas se llega a la Costanera, yendo por la avenida Belgrano, “La ola”, un mármol de NICOLÁS BARDAS, recibe al visitante; pero si hay un monumento que da carácter a todo el lugar, sin duda es la estatua de LUIS VIALE, obra de EDUARDO TABBACCHI.
Si bien la historia es conocida, repetirla no cansa, pues el heroico comportamiento de Viale se ha ganado un largo reconocimiento entre los argentinos: La Nochebuena de 1871, los buques gemelos “América” y “Villa del Salto”, hacían la carrera a Montevideo.
Sus capitanes, antes de zarpar, habían cruzado una apuesta sobre quién llegaba primero. La presión de las calderas hizo que el “América” estallara en llamas.
En medio de la confusión, LUIS VIALE cedió su salvavidas a la señora de MARCÓ DEL PONT, encinta de una niña. La dama salvó la vida y Viale entró en el amor y la admiración de un pueblo que no era el suyo y que había ayudado a prosperar.
Once años más tarde, la familia Marcó del Pont hizo levantar el monumento, cuyo primer emplazamiento fue el cementerio de la Recoleta. La Municipalidad porteña y el pueblo de Buenos Aires colaboraron luego, para que el monumento fuera trasladado al lugar que hoy ocupa en a Costanera Sur.
Una Fuente de discordias: Otra de las obras de arte que dan un perfil particular al paseo es la impropiamente llamada “Fuente de Lola Mora”, ya que su autora la denominó “Las Nereidas” o “El nacimiento de Venus”.
Mujer fogosa y de encendidos y no desmentidos romances, dicen los que saben, que el torso de los jóvenes que intentan sofrenar a los rampantes caballos fue minuciosamente copiado del que al natural lucía con orgullo el esgrimista AGESILAO GRECO, uno de los hombres físicamente más perfectos de su tiempo.
Tanto se identificó a la enérgica DOLORES MORA DE FERNÁNDEZ con la controvertida obra que, como otros muchos monumentos de Buenos Aires, tuvo un período itinerante, tanto que los más osados, hasta soñaron con verla erigida en el centro de la Plaza de Mayo. Pero la mórbida desnudez de las deidades marinas la relegó a un destino un tanto a trasmano, aunque el escenario sea el más adecuado a su naturaleza acuática.
Homenaje a una hazaña: En enero de 1926, cuatro españoles corajudos, RAMÓN FRANCO, JULIO RUIZ DE ALDA, JUAN MANUEL DURÁN y PABLO RADA, acometieron el cruce del Atlántico en un hidroavión “Dornier-Val”. Tardaron diecinueve días en cumplir la travesía; salieron de Palos de Moguer el 22 de enero y, luego de hacer escalas en Las Palmas, islas de Cabo Verde, Fer­nando de Noronha, Pernambuco, Río de Janeiro y Montevideo, el 10 de febrero de 1926 llegaron a una Buenos Aires conmocionada por la hazaña.
Acerca de ella se pueden contar muchas cosas, pero quien quiera tener una idea del tamaño del coraje de estos hombres puede costearse hasta Luján, donde en el complejo museológico ENRIQUE UDAONDO se conserva el avioncito en el que recorrieron los 10.270 kilómetros de la hazaña.
El escultor español JOSÉ LORDA hizo una estilizada interpretación del espíritu de los tripulantes del aeroplano y la ubicó en el extremo del espigón municipal. Pero desde hace unos años el hombre-pájaro se quedó sin el horizonte necesario para destacar su olímpica silueta. El hecho no disminuye la be­lleza ni la fuerza del monumento, pero achica notablemente su ámbito.
España eterna: Al fondo de la Costanera se levanta uno de los más hermosos monumentos de Buenos Aires, pero son muy pocos los que lo ven, en un emplazamiento que ya no tiene el encanto primigenio, aunque la obra impacte por su be­lleza y su mensaje. “A España”, esta obra de Arturo Dresco, fue inaugurada en octubre de 1936.
La integran veintinueve personajes, de los cuales veinte están identificados: Isabel de Castilla, Cristóbal Colón, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Domingo Martínez de Irala, Jerónimo Luis de Cabrera, Juan Sebastián el- Cano, Martín del Barco Centenera, Sebastián Gaboto, fray Bartolomé de las Casas, Juan de Garay, Pedro de Mendoza, Baltasar Hidalgo de Cisneros, Pedro Antonio Cerviño, Nicolás Videla del Pino, Félix de Azara, Juan Patricio Fernández, Hernando Arias de Saavedra, Francisco Solar, Pedro Cevallos y Juan José de Vértiz y Salcedo.
Otras seis figuras son simbólicas y tres pertenecen a indios. Dedicado a la “España, fecunda, civilizadora, eterna”, este monumento remata hacia el Sur un paseo que en su rumbo opuesto ofrece otras’ sorpresas.
El navegante solitario: “Los hombres sabios aman el amar”.La frase es de BERTRAND RUSSELL y corona un monolito dedicado a VITO DU MAS, el navegante solitario. Pero no hay mar, ni siquiera río, salvo lo que queda de lo que pudo haber sido la famosa cancha de remo.
Tampoco ha sido acertado su emplazamiento bajo la misma pérgola que, a distancia, bordea el monumento a Luis Viale. Dumas necesita intemperies, vientos y tormentas. La obra recuerda el viaje que el intrépido marino realizó alrededor del mundo por la derrota de “Los cuarenta bramadores”, en 1943, en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial.
En el Museo Naval, de Tigre, se conserva el “Legh II”, la cascarita de nuez con la que consumó la hazaña. Tal vez, VITO DUMAS merezca algo de mayor entidad que lo recuerde. Con todo (o con poco), el monolito cumple con su cometido.
La «Munich»: En 1927, los porteños pudieron mitigar los calores del estío concurriendo a la flamante Munich. Fue levantada en el «Boulevard de los Italianos», frente al dilatado río; ahora sólo tiene un próximo horizonte verde. Obra del arquitecto húngaro ANDRÉS KALNAY, esta cervecería ostenta un récord nada desdeñable: fue construida en cuatro meses y ocho días.
Se levanta en un terreno rellenado con tierra proveniente de la perforación del subterráneo «B». Para evitar desplazamientos o hundimientos, el edificio fue anclado sobre una base de cemento armado de un metro de espesor. Además, la mayor parte de los elementos decorativos fueron realizados en el lugar.
Años después, con la decadencia del paseo sobrevino la de la popular cervecería que cerró | sus puertas para entrar en un proceso de acelerado deterioro. La caída se detuvo en la década del setenta, cuando fue destinado a Museo de Telecomunicaciones y se restauró al detalle el viejo edificio.
Una puesta en valor que contó con la dirección del arquitecto RODOLFO E. DE LIECHTENSTEIN. La reinauguración tuvo lugar el 4 de diciembre de 1980. Cuando visite el museo, mire bien la construción. En los jardines, además, se conservan elementos que pertenecieron al Balneario Municipal: una farola y tres figuras mitológicas, fundidas en Du Val D’Osne.
Antena hasta el cielo: También fue en 1927 cuando a pocos metros de la «Munich» se inauguró el mástil con el que la comunidad italiana conmemoró la visita al país, en 1924, del príncipe Humberto de Saboya.
La obra es de los escultores GAETANO MORETTI y GIANNINO CASTIGLIONI, y hoy no parece precisamente una antena monumental, sino un remedo de mástil, aunque se mantiene en bastante buenas condiciones el hermoso basamento en mármol y bronce.
En la punta norte del paseo, una cabeza de don HENRIQUE EL NAVEGANTE recuerda las glorias pretéritas de Portugal. Don Henrique mira hacia el río, pero el río no está, también se fue de ese sector, lo cegaron. Sin embargo, el paseo no pierde su magia, el encanto de las cosas entre olvidadas y abandonadas que se niegan a morir. La Costanera Sur, sigue siendo una parte entrañable de los recuerdos y afectos de los porteños. Texto do El arcón de la historia Argentina.
Nota do blog: Data e autoria não obtidas.

IKA Bergantín, Argentina

 



IKA Bergantín, Argentina
Fotografia

Texto 1:
En los 50 la Argentina buscaba industrializarse y había mandado emisarios a los países del primer mundo, intentado tentar a las grandes firmas para que se radicaran en el país. En USA la única que respondió al llamado fue la Kaiser Frazer Corporation, quienes en 1951 llegaron al país para radicarse. Pronto comenzarían con la producción de diversos vehiculos, como el Jeep Willys y el Kaiser Carabela, pero rápidamente quedó en claro que precisaban un coche mediano para seducir a la clase media.
Así es como la nueva Industrias Kaiser Argentina (IKA) llegó a un acuerdo con la italiana Alfa Romeo y adquirió la matricería de su modelo 1900, el que estaba dejando de producirse en la península para el año 1959. El Alfa Romeo 1900 se transformó en el IKA Bergantín, del cual se fabricaron 8.351 vehiculos entre 1960 y 1962.
Si bien la carrocería era sólida, el Bergantín tenía una gran cantidad de problemas mecánicos, fruto de la adaptación al mercado argentino. La ingenieria italiana del Alfa Romeo de base habia sido notablemente alterada, generando defectos de todo tipo (en especial, en su sistema eléctrico). Pronto la IKA le bajaría la persiana y terminaría por reemplazarlo con la fugaz adquisición de la matricería del Siam Di Tella, cuya producción apenas sobreviviría un verano. Pero esa, ya es otra historia. Texto de Alejandro Franco / Autos de Culto.
Texto 2:
Para que una empresa automotriz sea rentable no sólo ha de ofrecer una gama adecuada, sino también instalarse en el espacio preciso. De esta manera, lanzarse de nuevas al mercado norteamericano no resultaba nada fácil. Menos aún acabada la Segunda Guerra Mundial. Cuando la motorización general del país fue liderada por Ford, General Motors y Chrysler. Conocidos como los Tres Grandes de Detroit. Siendo capaces de copar casi todos los nichos de mercado gracias a su abrumador poderío industrial y logístico. No obstante, a pesar de esto existieron empresas de segundo orden con habilidades para hacerse un hueco en el mercado local.
En este sentido, la unión de Nash Motors y Hudson Motor Company creó en 1954 AMC. Una de las marcas más prolíficas del momento. Acabando sus días en medio de una compleja situación donde incluso llegó a ser controlada por Renault cuando ésta aún era propiedad del estado francés. Sin embargo, ya en 1946 los industriales Joseph Frazer y Henry J. Kaiser se habían lanzado a una empresa conjunta con la idea de vender automóviles turismo. El fruto de todo aquello fue la Kaiser-Frazer Corporation. Una marca que llegó a alumbrar diseños tan avanzados como el del Kaiser Darrin de 1953. Aunque, al mismo tiempo, era incapaz de presentar turismos capaces de dar una alternativa a los vendidos por los grandes de Detroit.
Así las cosas, las dificultades propias de cualquier fabricante de segundo orden en los Estados Unidos se concitaron en las cuentas de Kaiser-Frazer. Una compleja situación de la que se intentó salir en 1953 gracias a la compra de Willys-Overland. La histórica empresa fundada en 1908 dotada con las licencias de fabricación sobre el popular y resistente Jeep de la Segunda Guerra Mundial. Sin duda una baza comercial interesante. Aunque cada vez más mermada en un país donde el crecimiento urbano postraba a los todoterrenos hacia un nicho de mercado cada vez más escueto. Por todo ello, justo un año después Kaiser-Frazer decide salir del mercado norteamericano para enfocarse a otro más propicio.
Para comienzos de los cincuenta, Argentina seguía siendo un país convulso en lo político debido a las enconadas luchas entre simpatizantes y detractores de Perón. Sin embargo, al mismo tiempo era uno de los países más prometedores del Cono Sur. Caracterizado por sus importantes exportaciones agrícolas, base para un crecimiento urbano e industrial cada vez más significativo. Con todo ello, sin duda era un marco ideal para la instalación de una empresa automotriz con capacidad de fabricar tanto vehículos industriales como turismo. Justo en la misma medida que la España de aquellos años, donde con buen ojo comercial se instalaron FIAT y Renault a través de SEAT y FASA respectivamente.
Llegados a este punto, en 1955 Kaiser-Frazer ultimó con el gobierno argentino los términos de su instalación en el país sudamericano. Para empezar, se formaría un consorcio entre la empresa norteamericana, el estado argentino y un conjunto de inversores privados locales. Algo que garantizaba el capital suficiente para la creación de la planta de Santa Isabel, Córdoba. Lugar al que se trasladaron desde los Estados Unidos una gran cantidad de bienes de equipo procedentes de la fábrica de Kaiser-Frazer para nacer así Industrias Kaiser Argentina.
Así las cosas, la gama de IKA se estrenó con modelos sedán como el Carabela y todoterrenos basados en el Jeep entre los que destaca el Estanciera. No obstante, aún faltaba lo más difícil para cualquier fabricante con deseos de ser masivo y generalista. Cubrir adecuadamente los segmentos B y C. Por ello, en 1957 se entablaron conversaciones con Renault. Una empresa en pleno proceso de expansión, manejando por tanto la fabricación bajo licencia con toda normalidad. De hecho, el fruto de aquellos tratos fue la aparición del IKA-Renault Dauphine. Lanzado algo menos de dos años después que el primer Dauphine ensamblado en la factoría de la FASA Valladolid en 1958.
Gracias a esto, al fin IKA ofrecía un modelo de acceso al automovilismo para las familias de las capas medias. Sin embargo, aún faltaba un sedán compacto. Justo ese modelo situado en la medianía de toda gama generalista, capaz de protagonizar viajes de larga distancia sin mermar por ello su utilidad en el día a día. Es decir, el tipo de automóvil que en Europa vendría a estar en el deseado y competido segmento C. De esta manera, IKA viró su vista a Italia en busca de un acuerdo con Alfa Romeo.
Posiblemente el 1900 sea el Alfa Romeo más importante en la historia industrial de la marca. Y es que, cuando se lanzó en 1950, representó una clara apuesta por la venta generalista al ser su primer modelo íntegramente producido en cadena. Todo ello envuelto y sustentado en una carrocería autoportante que sirvió de base para una historia comercial alargada en Italia hasta 1959. Situación que coincidió en el tiempo con el afán de IKA por tener un sedán en su gama. De esta manera, para el consorcio argentino no fue difícil llegar a un acuerdo con Alfa Romeo.
Un acuerdo basado en que ésta proporcionaría carrocerías del extinto 1900, las cuales serían la base para el ensamblaje en la planta de Santa Isabel del IKA Bergantín entre 1960 y 1962. De hecho, aunque el frontal se alteró para no ser una copia exacta del modelo italiano, las primeras unidades del IKA Bergantín lucían la misma parrilla central característica de Alfa Romeo. Es decir, no eran ni más ni menos que carrocerías sobrantes en la fabricación del 1900. Recicladas aquí a su uso por IKA, la cual dotó al modelo con dos mecánicas de diseño propio.
Por un lado, una de cuatro cilindros con 2.480cc capaz de rendir 77CV conectados al eje trasero. Y por otro una de seis con 3.707cc y hasta 115CV alimentados por gasolina especial para llegar a los 165 kilómetros por hora. Eso sí, cabe destacar que mientras del cuatro cilindros se vendieron casi 8.000 unidades, del seis sólo se adjudicaron poco más de 350. No en vano, aunque el 1900 había sido todo un éxito de ventas en Italia, éste no dejaba de ser un coche para clases medias acomodadas. Un nicho de mercado que aún era escaso en países con desarrollo industrial limitado como Argentina o España.
Respecto a otros elementos mecánicos del IKA Bergantín, estos bebían directamente del diseño creado por Alfa Romeo. De hecho, las suspensiones con trapecio delantero deformable y eje rígido en la trasera son muy similares a las del 1900. Además, el IKA Bergantín fue el primer automóvil argentino en montar un sistema eléctrico de 12 voltios. Sin embargo, la suma de las partes no redundó en una buena calidad, dando constantes problemas de fiabilidad relacionados con diversos puntos del modelo. Algo que no ayudó a las ya de por sí exiguas ventas, haciendo que este híbrido transatlántico que fuera el IKA Bergantín cesara su producción en 1962. Eso sí, detrás dejó una interesante historia en la que el Alfa Romeo 1900 vivió su último e imprevisto capítulo. Texto de Miguel Sánchez / La Escuderia.
Nota do blog: Data e autoria não obtidas.